noviembre 26, 2017

Ernesto McCausland en tres imágenes

En el marco del Festival de Internacional de Cine de Cartagena de Indias, el miércoles 29 de febrero de 2012, el periodista, escritor y cineasta estrenó “Eterno nómada”. En aquel momento, era Editor de El Heraldo y el autor de este texto su corresponsal en el FICCI. Las imágenes las hizo Wilfred Arias, destacado fotógrafo del diario barranquillero.


La admiración

Salvo Basile lo mira con serenidad y algo de escepticismo. Viste de negro. La mano derecha sobre la izquierda, ambas sobre la rodilla. Sentado en la misma mesa donde está su interlocutor. Este levanta su mano derecha, dirigiéndose al público. Podemos ver cuatro de sus cinco dedos. El índice está borrado por el movimiento y, en su lugar, vemos una farola de la calle del arzobispado. Brilla su anillo de bodas. Su cara es de emoción y el gesto en su boca nos trae de vuelta su voz nasal, con acento barranquillero de niño bien, amante de la cultura popular. Su mano izquierda sostiene un micrófono inalámbrico, el reloj de oro y plata marca las 7.13 de la noche. Debajo del brazo lleva el estuche de la película y una carpeta. La proyección ha tenido un retraso y, mientras se resuelve un inconveniente técnico, el Presidente de la Junta Directiva del Festival ha propuesto al Director presentar su película. La conversación logra quitarle el estrés y cautiva al público que ha ocupado todas las sillas dispuestas al lado de la Catedral. La función está por comenzar.

Yo era casi un niño cuando la señal de Telecaribe llegó a San Marcos, mi pueblo natal. Teníamos que usar una antena UHF que solo don Carlos Ealo Cermeño tenía en su casa. En especial no me perdía uno de sus programas. Conducido y dirigido por un hombre joven con pinta de serio, era capaz de poner en escena la delirante realidad del caribe colombiano. “Mundo Costeño” era el referente de personajes e historias que tenían nuestro acento, nuestros colores, nuestro ritmo. No era de fácil pronunciación el nombre de aquel presentador de gafas, cara redonda y corbata; pero recuerdo haberlo memorizado después de deletrearlo. Aquel programa me inspiró, me hizo soñar con hacer algo del otro lado de la pantalla. Y se hizo realidad pronto. En agosto de 1989, llegaron al pueblo dos señores: Alberto Peralta y Luis Ordosgoitia. Estaban buscando a un niño para enviar unos informes a “Chiquinoticias”, el noticiero infantil del canal regional. Mi padre los encontró en el Parque de La Trinidad y les propuso conocerme. Me hicieron una prueba. Fue fácil para mí: recordé aquel joven señor de gafas y jugué a ser periodista.


La envidia

Acabamos de conocer los trágicos sucesos que rodearon la muerte del documentalista francés Claude Herviant en tierras de la guajira, al norte de Colombia. También los detalles mágicos que caracterizaron los dos entierros del poeta. McCausland sonríe. Viste camisa negra y pantalón rojo. En su cara vemos la satisfacción del deber cumplido. Sus gafas son ahora de marco grueso, rectangulares. La cara, delgada. Su sombra se proyecta sobre una pared del antiguo edificio. Al lado suyo, pegado en una sólida columna, el afiche de la que será su última película. Podemos detallar la fecha del fallecimiento del personaje del documental: 14 de febrero de 1989. Al fondo, el desierto. Y las nubes.

Ernesto estuvo una vez en mi pueblo natal. Fue con Juan Piña a un concierto gratuito que “el niño de San Marcos” ofreció para celebrar su cumpleaños. Allí conoció a la familia del cantante sanmarquero, entre ellos a la legendaria tía Berta, y realizó un par de capítulos memorables para Mundo Costeño. Varios años después comencé mis estudios de periodismo en Barranquilla, motivado indirectamente por McCausland. En aquel tiempo, él se había ido a Bogotá como presentador del noticiero QAP. Era una figura pública de carácter nacional. Su audiencia crecía. Y seguía cautivando por sus crónicas bien escritas, editadas con gracia. En ellas, el periodista mostraba su marcado interés por el Cine. Mientras tanto, yo pasaba de la admiración a la envidia.

Comencé mi formación en el séptimo arte gracias a la Cinemateca del Caribe del barrio Boston. Recuerdo aquellas largas conversaciones con Iván Wild después de cada función, en las que soñábamos con hacer películas que fueran más allá del ámbito local. En 1996 fuimos por primera vez juntos al Festival de Cine de Cartagena y el sueño se convirtió en pasión. Siempre estábamos hablando de películas, mientras otros las filmaban. En esas estábamos, cuando Ernesto volvió a Barranquilla para filmar su ópera prima, “El último carnaval”. A nosotros nos pareció lamentable. Hicimos mofa de ella. Incluso alcancé a decir que era lo peor que había visto en mi vida. En el fondo, me molestaba que él lograra algo que yo no. Pero no me quedé allí. Me mudé a Cartagena para estar más cerca del Cine. En enero de 1999, con una camarita de video prestada, filmé mi primer cortometraje, “Zoom”. Con la complicidad de Ellah del Castillo, Nicolás Emiliani, David Sánchez Jr. y la inolvidable Patricia Durán, que nos prestó su casa de Getsemaní. Ese mismo año nos presentamos en el Festival, con escasas repercusiones. Sin embargo, recuerdo que el periodista Sigifredo Eusse me hizo una entrevista para Telecaribe. A raíz de eso, McCausland me estuvo buscando para que participara en su segunda película. Pero me negué. Por idiota. “Siniestro” tampoco me gustó, pero sirvió de escuela para muchos jóvenes que, como yo, nunca habían hecho un largometraje. Entre ellos, sus protagonistas, Karen Martínez y José Luis García. La Esquina del Cine –su productora- era en realidad una Escuela de Cine. Y él era su Director. Ese es su legado en el Cine.

Siempre vuelvo al cronista, pero no me siento identificado con el cineasta. La crónica era su hábitat. McCausland iba de la prensa a la radio, de la radio a la televisión y de la televisión a la prensa. Como pez en el agua. Nadie había hecho eso en el periodismo colombiano y es muy difícil que alguien lo repita. Ese es su gran legado como Periodista.


La amistad

De izquierda a derecha: Ana Milena Londoño, Ernesto McCausland, Adriana Echavarría, Ensuncho De La Bárcena y Cindy Zawady. “Esta es la foto”, dijo Ernesto después de que Pipe obturara. La del abrazo eterno, más allá de los desencuentros. La del cariño, más allá de los años y de la vida. Ana Milena lleva un vestido violeta ceremonial, blusa blanca y mantilla con flores. La estatura de Ernesto nos recuerda su origen escocés, el cuello de su guayabera nos deja ver un rosario. Adriana va de vestido negro y collar que termina en un dije aguamarina. Este servidor va de sombrero blanco, blazer café, camisa rosada y jean. Cindy viste un pantalón fucsia, una blusa estampada, collar de piedras y grandes pulseras. Todos sonreímos. Al fondo, la Catedral de Cartagena de Indias.

En 2002 volví a Barranquilla, después de graduarme como Periodista. Trabajé en el equipo educativo del Parque Cultural del Caribe. Estuve casi dos años en la ciudad del carnaval y las nubes viajeras. Para ese entonces, McCausland iba y venía entre la radio de la Capital y la televisión del Caribe. Volví a Cartagena en 2004. En septiembre publiqué mi primer libro de poemas. Al año siguiente decidí instalarme en Bogotá. Fui a la Feria del Libro del 2006, como periodista radial. Era la presentación de “Y de repente un ángel”, novela de Jaime Bayly. Al final del evento, quise saludar al escritor y periodista peruano. Al darle mi nombre, un señor muy alto que estaba a su lado, reaccionó:

-          ¿Tú eres Ensuncho?
-          Eso dicen, maestro.

Era Ernesto McCausland. En persona. Me dio su mano. Y me dijo a quemarropa.

-          Hace rato quería conocerte. Saber quién le había dado tan duro a mis películas.
-          Mucho gusto. Y perdone usted, pero ajá.
-          Nombe, nada de eso. Al contrario, me gusta que digas lo que piensas.

La cosa me tomó por sorpresa. Por aquel entonces él era cronista de 6AM, un programa de radio muy influyente. Me pidió mi número. Me desarmó su nobleza. Le agradecí, impresionado por su gesto. Me llamó para que le hablara de mi Manifiesto contra el vallenato. Después nos volvimos amigos. El volvió al Caribe. “Cuando vengas a Barranquilla me avisas”, me dijo. Estuve varias veces en su programa “A las 11” de Telecaribe, referente de la entrevista televisiva. Creo que él estaba realmente interesado en mi punto de vista, muy lejos del mercado. De alguna manera, mi marginalidad le resultaba atractiva. A él, que siempre había estado en medios de comunicación tradicionales, de prestigio. Después nos vimos en un Festival de Cine de Cartagena, en el que fue presentador oficial. Hasta allá llevó su programa. Me pidió que le pasara algunos nombres para entrevistarlos. Los citó a todos, sin falta. Incluso una noche, antes de dar inicio, se bajó del escenario para conversar conmigo en las sillas del auditorio del Centro de Convenciones. Me puso a la orden su cámara de cine. Yo estaba impresionado con su amabilidad. Los recuerdo, a él y Ana Milena, príncipes en el gran balcón de Quiebra-Canto, observando el paisaje nocturno del Centro de Cartagena. Cuando hicimos el Festival de Cine de Mompox siempre contamos con su apoyo. Por aquellos días, él estaba muy interesado en que yo viera su cortometraje, “Luz de enero” y dispuso el estudio para ello. Tan pronto acabó la proyección privada, en la Esquina del Cine, sonó mi celular.

-          Flaco, ¿cómo lo viste?
-          Es lo mejor de tu filmografía. Estoy conmovido. Me dejaste callado: eres un Cineasta. Felicitaciones.
-          Gracias, flaco. Me honran tus palabras. Ya sabes, por acá a la orden.

En enero de 2010 lo nombraron Editor de El Heraldo. Lo llamé el día de su cumpleaños, a darle dobles felicitaciones. Me quería como cronista del periódico. Yo vivía en Bogotá, estaba casado y se me hacía difícil el cambio de ciudad. Pero, un año después decidí enviarle una crónica sobre las corralejas de San Marcos. La publicó. Me dijo que la cobrara, porque era mi trabajo. Acordamos un precio por cada colaboración y comencé a enviarle textos. Había creado “Latitud”, una separata dominical dedicada a la crónica, al reportaje y al ensayo. Siempre que tenía un tema le escribía o lo llamaba. Una o dos veces no le gustó el tema o la forma en que lo abordé. De resto, siempre lo publicó. Me daba su punto de vista, sugería, corregía. Hacía la labor de un Editor de verdad. Desde Bogotá le enviaba mis textos, algunos los incluía entre una noticia y otra. El 9 de febrero de 2011 murió el escritor, periodista y diplomático loriquero David Sánchez Juliao, quien lo había influido notablemente en su formación como periodista y por quien profesábamos una real admiración. Lo suyo era atávico. El apellido McCausland es de origen escocés y significa “Hijo de Absalón”. Absalón fue el tercer hijo del Rey David y doña Nancy Sojo, mamá de Ernesto, había sido pareja de Sánchez Juliao. A ellos no sólo los unía el gran talento y la excelencia, sino una estrecha relación familiar. Me llamó para que lo mantuviera al tanto del sepelio. Fuimos juntos a la funeraria. Pidió que sostuviera su maletín mientras pasaba frente al ataúd, a despedirse de su amigo y maestro. Pasamos a la Misa, donde el sacerdote se refirió a las dos entrevistas que le había hecho Ernesto a David en su programa. No fuimos al cementerio porque él debía tomar un vuelo a Barranquilla, de donde había logrado escaparse unas horas. De camino al taxi, conversamos. Había visto a David en Barranquilla unos días antes y lamentaba no haberle dicho cuánto lo amaba.

En enero de 2012 fui el enviado especial de El Heraldo al Hay Festival. Honor que me concedió McCausland. Desde allí envié a los lectores informe diario de los principales acontecimientos del importante evento literario que reúne a escritores y editores con su público. Al cumplirse un año de la muerte de Sánchez Juliao, en memoria del Rey David le envié una “Heráldica”. Era mi manera de agradecerle por el cariño, la amistad y la confianza con la que me había privilegiado, en un género creado por él mismo en aquellas páginas. Ese mismo año, el Editor llamó a proponerme temas para el Dominical. Recuerdo uno en especial, sobre el Cine del siglo XXI. Le sugerí nombres, algunos ya los tenía. Le envié mi entrevista con el director mexicano Carlos Reygadas, quien meses después sería honrado como Mejor Director del Festival de Cannes.

La última vez que nos vimos fue también en Bogotá. En el Club El Nogal, en un foro sobre la economía del Caribe, con algunos empresarios y académicos. Le propuse tema para una crónica pero no lo noté muy interesado. A cambio, él me propuso uno. Lo memorable del encuentro es que al bajar en el ascensor, nos extraviamos buscando la salida del Club. Llegamos al mismo pasillo varias veces, pulsando cada vez el botón de un piso distinto. Fue inevitable pensar en Luis Buñuel. Al final, después de reírnos, logramos dar con el primer piso. Al despedirnos, asomó la cara por la ventana del taxi que lo llevaría a su hotel: “Pilas, flaco. Será la crónica de tu vida”. Yo me quedé, otra vez, sin palabras.

Lo último que le escribí fue un reclamo. Por no haberme enviado a tiempo una carta de respaldo para inscribirme en un importante taller de periodismo. Respondió diciéndome, por primera vez, que estaba muy enfermo y que lo excusara por haber dejado pasar la fecha. Remataba con una despedida que me dejó helado: “Nunca dejes de escribir, flaco”. Algo me dijo que era su final. Le respondí pidiéndole perdón y dándole las gracias por tanto cariño, por tanta confianza, por haberme honrado con su amistad. No recibí respuesta. Al menos eso creía yo.

Regresé al Caribe en octubre, soltero, después de 7 años de matrimonio en Bogotá. Aquel 21 de noviembre, al amanecer, me despertó un susurro: “Flaco, levántate”. Sentí la voz de Ernesto y el abrazo de la brisa cartagenera. Encendí el computador y confirmé la noticia.

Tantas luchas, tantas batallas y al final solo queda el amor

A finales de junio de 2015 filmé mi primer largometraje con la complicidad de Jorge Herrera, Ricky Pinilla y su padre, Alejandro Pinilla. Fueron cinco días de rodaje por ciudades, pueblos, veredas, carreteras y caminos del Sinú. “Empera” se llama la película con la que creamos el Cine Cero: Cero narración, Cero guión, Cero presupuesto. Proponerle un juego a la realidad y filmar la reacción, esa es mi visión. Soy un convencido de que para hacer Cine sólo se necesitan tres cosas: una cámara, un grupo de amigos y tiempo. Y dejar que la realidad ocurra, porque lo mejor es lo que sucede. Por eso, cuando Jorge Herrera me dijo que una película es la decisión de un director, no dudé en rodar, después de 20 años de hablar de Cine sin atreverme. Una de aquellas jornadas febriles ocurrió en Lorica. Filmamos una escena que paró el tráfico por algunos minutos, sin pedir permiso a nadie. Fue increíble. Les juro que sentí la cercana compañía de Ernesto, de David y de Don Rami, mi padre, fallecido en enero de aquel año. En cada momento del rodaje los vi sonriendo, a los tres, más allá del plano.



Por Ensuncho De La Bárcena
@ElCaribeReal